En los primeros tiempos no había mucho rigor en la selección de los futuros bomberos, más bien la mayoría se acercaba por compromisos con algún miembro de la Sociedad. Pero las dudas del comienzo se disiparon con la dedicación y el esfuerzo de los hombres que protagonizaron aquellos primeros años del cuartel.
José Picapietra, el jefe de cuerpo que más tiempo permaneció en ese cargo, era herrero de casa Los Vascos y fue su patrón, Teodoro Múgica quien lo integró al cuartel.
El Tercer Oficial y furriel del cuerpo activo Sr. Julio Mario Zapatta, fue otro bombero entusiasta, que quizás jamás hubiera pensado en pertenecer a la institución después de haber prestado unos reflectores para un simulacro nocturno.

José Picapietra le había sucedido a Héctor Reybet quien si bien se desempeñó de forma provisoria, fue el Primer Jefe del cuartel de Bomberos. Hasta que José Picapietra se transformó en el nuevo jefe, cargo que ejerció durante 14 años hasta el año 1972, en el que presentó su renuncia. Le sucedió en el cargo Santiago Arnodo hasta 1982. El día 2 de Junio de aquel año, se hizo un agasajo al Jefe Santiago Arnodo por su pase a retiro y allí fue designado el Comandante Mayor, Héctor Omar Actis como Jefe del Cuerpo Activo y como Segundo Jefe, Marcelo Andrés Salgado. Héctor Omar Actis había ingresado a la institución el 30 de Noviembre de 1971. También un 2 de Junio, pero de 1999, el Jefe Héctor Actis solicitó su pase a Reserva Activa. Desde aquel día Daniel Francescángeli pasa a ser el Jefe del Cuerpo Activo cargo que desempeña hasta el presente , siendo el Segundo Jefe de su gestión el Oficial auxiliar de Escuadra, Walter Maulin.

 
 

José Picapietra

En 1972 José Picapietra renuncia a su cargo. La Voz de Colón del 22 de julio de 1972 titulaba «Renunció a su cargo el Jefe de la dotación de Bomberos»
Y publicaba textualmente «Invocando causas ajenas a su voluntad con fecha 17 de junio último elevó su renuncia al cargo de Jefe del Cuerpo Activo de Bomberos Voluntarios el Sr. José Picapietra quien ejercía esas delicadas funciones desde hacía 14 años tras haber ingresado a la benemérita institución un año antes, es decir que tiene en su haber 15 años de activa y denodada militancia.
Contribuyó así no sólo al afianzamiento físico de la entidad bomberil, sino también al adiestramiento y ejercitación de la tropa sin olvidar su labor personal y preocupación por todo cuanto se refiere a equipamiento, comodidades cuarteleras, ni descuidar la faz benéfica merced a la cual la Sociedad de Bomberos ha logrado sobrellevar las contingencias de tiempos difíciles para concretar su patrimonio y alcanzar la solidez actual.»

 

Juan Picapietra, ex bombero, hijo del Jefe José PicapietraIgual que el pintor que, con cada pincelada busca reflejar hasta el más mínimo detalle de lo que ha elegido como eje de su obra; cada palabra, cada gesto de Juan Picapietra parece recrear el clima apropiado para un encuentro con su padre, para ir juntando en la memoria del recuerdo, las piezas del rompecabezas que pinten de cuerpo entero al Jefe de Bomberos, al padre y al hombre.

«Mi papá fue uno de los fundadores del cuartel. Todo radica a raíz del incendio de la Farmacia Blengino. Estuvo en ese incendio ayudando a los Bomberos de Pergamino incluso antes de que llegaran los Bomberos de Pergamino, él ya había estado trabajando».

Y de esa pasión de José Picapietra por el cuartel, su hijo Juan fue testigo como toda su familia.

«Yo los vi nacer (a los bomberos) dice Juan. Prácticamente me crié jugando con los bomberos.

Cuando llegó el Morris a mi casa se empezó a desmontarlo, porque era un transporte de tropa y había que hacerlo autobomba. Se desarmó íntegro, quedó el chasis sólo del camión y se comenzó a armar todo ahí. Se trabajó en lo que era bomba, el chasis, el motor, montón de cosas y nosotros, los chicos del barrio, jugábamos, ahí en el medio. Era un entretenimiento para nosotros, un tanque de guerra y jugando lo fuimos despintando.»

Bomberos era una pasión compartida por toda la familia. «Mi mamá ayudó mucho a mi papá. Te puedo contar otras cosas también de lo que mi mamá ayudó, no sólo en el auto bomba.

Las primeras llaves de unión que pidieron los bomberos para las mangueras, las fabricó mi viejo en la fragua.»Juan se refiere a aquella fragua que usaba su padre sin motor, con sistema manual.

«Mi mamá tiraba la fragua para que el fierro estuviera caliente y mi viejo lo pudiera moldear para hacer la llave… esas son cosas que quedan …y uno era chico y quería jugar, ayudaba en algo, pero muy poco. Aparte mi mamá por ejemplo, cuando se hacían cosas en el cuartel, estaba pendiente de la ropa, que si tenían el botoncito pegado, la corbata lista, el zapato lustrado, ella estaba buscando todos esos detalles, así que también lo vivió junto con él.

Llegó el tiempo en el que Juan quiso transformar aquellos juegos de chico en una realidad. Habla de sus inicios en el cuartel y el entusiasmo confirma que, las ganas de estar, no se apagaron.

«Yo tenía 15 años cuando entré como cadete en el cuartel de bomberos. Era un lugar lindo estábamos todos, íbamos todas las tardes a tomar mate, a charlar. Teníamos un sargento que estaba con nosotros que era Marcelo Conti, que ya no está…Era un sargento de esos tipo ejército, nos quería asustar, pero era un ratito porque después ya no le teníamos más miedo…»

Picapietra padre se escondía detrás del Picapietra Jefe, pero se transformaba en un padre para todos a la hora de marcar cuál era el camino correcto.

«En el cuartel no era mi padre, era el Jefe y me retaba y me reprendía como a cualquier bombero. Tal es así que yo tengo una anécdota. En un incendio de una parva de pasto había gente que iba, como van los curiosos a mirar, y decían: mirá bombero ahí está el fuego!….Y justo en ese momento mi viejo, que era el Jefe, manda a un bombero a darme una orden y yo contesto mal, pero no le contesto al bombero, le contesto a la gente que estaba atrás. El bombero lo tomó como que yo le contesté a él y le dio el parte al Jefe. Y el Jefe pasó el informe a la Comisión Directiva y me citaron a una reunión. Me dieron una sanción.

Una sanción a cumplir…nunca, pero tuve un reto por contestar mal. Esto demuestra que el Jefe era Jefe para todos por igual…» remarca Juan.

El equipamiento de los bomberos de aquellos años tenía muchas diferencias con respecto al que hoy tienen.

«El primer equipamiento, cuenta Juan, creo que fue una ropa de la policía o del ejército – de rezago- y después la Comisión Directiva cuando comenzó a juntar fondos le hizo la ropa a los bomberos. Induswheel les donó los mamelucos que usaban los bomberos como ropa de fajina en los incendios, esa ropa azul. Cada uno tenía su mameluco, su casco, su par de botas».

Y las anécdotas van y vienen… y Juan recuerda aquella visita a mediados de la década del ’60 del gobernador militar Ima y su encuentro con los Jefes Picapietra y Arnodo.

«Había mucha gente en Colón porque había venido el Gobernador y era una personalidad, por más que haya sido de la época de los militares. Y cuando les toca el turno a los bomberos para hablar, le piden si los podía ayudar con un auto bomba o por lo menos para comprar un camión para hacer un auto bomba. Teníamos el Morris comercial y pobrecito Morris… un camión viejo, reformado, ya no daba más. El gobernador les contesta que en la Provincia de Buenos Aires había cientos y tantas asociaciones de bomberos voluntarios que estaban en la misma situación. Entonces los bomberos -entre ellos mi papá y Arnodo- le dicen que no todos tenían el problema de Colón que no tenía más autobombas. A raíz de eso, les hace unas grandes donaciones que, con algo de plata que tenía la comisión y algo más que mandaron de la Gobernación de la Provincia, sirvieron para comprar el Ford que se hizo autobomba.
Fueron muchos años de sacrificios, de esfuerzos y satisfacciones. Hasta que el Jefe Picapietra puso fin a sus años de cuartel.
Juan recuerda cómo vivió la familia aquel día en el que su padre decidió alejarse de la institución.
«Fue un tema medio comentado en la mesa de casa: más o menos se sabía, él ya había tenido infartos, por lógica no estaba en condiciones de manejar. No es que no estaba en condiciones, podía manejar, pero no en un estado de nervios como en el que se salía para una emergencia, porque la adrenalina está y funciona.
… y sí, el no podía, pero nosotros lo apoyábamos porque claro él lo vio nacer, pero a lo último llegó a comprender que sí, que tenía que renunciar.
Hubo un tiempo que estuvo medio como ofendido pero después, volvió y empezó a charlar con los bomberos. Tal es así que después en una de las cenas que se hacían para el día del bombero, lo invitan. Creo que es en la cena de los 25 años y le dan una medalla, que todavía mi mamá la conserva, en homenaje o en recuerdo a aquel paso por el cuartel».
Y como la medalla de aquella noche se la entrega Arnodo, las palabras del relato de Juan se entrelazan para mostrar lo evidente: una amistad muy profunda entre los dos jefes que fueron pilares en la institución.
«Se conocen prácticamente dentro del cuartel, pero hicieron una amistad muy profunda, se respetaron mucho entre los dos. No precisaban conversarse mucho para entenderse, ellos se miraban y ya sabían lo que querían, se conocían como si hubiesen nacido juntos. Mi papá hizo muchas cosas…»
Y las palabras del hijo empiezan a contar cómo era José Picapietra como hombre, como amigo y hermano…
«Recuerdo una vez, yo todavía no era bombero, en una noche de instrucción habían salido del cuartel estaban en 17 y 48. Se cae Arnodo, estaba dando instrucción de cómo pasar una escalera de un lado a otro, se corta una de las varillas de la escalera y se quiebra una pierna y papá lo llevó. Acá en Colón no había medios y el doctor que lo atendió dijo: si lo dejamos hay que cortarle la pierna, porque era una fractura expuesta».
«…y entonces papá dice, no cómo le vamos a cortar una pierna a un hombre que era profesor de educación física. Y fue en ambulancia a Rosario. Estuvo tres días hasta que lo vio bien y después se vino».
Juan recuerda que Santiago Arnodo tuvo varios accidentes dentro del cuartel. «Uno que, creo que fue uno de los más graves, es cuando se estaba poniendo el techo del primer galpón grande con fibra de cemento. Creo que fue Don Sansoni que había regalado las cabreadas. Nosotros los bomberos -yo ya era bombero- teníamos que armarlo. Estábamos armando el techo y Arnodo le erró al tablón, se cayó al suelo y tuvo compresión de una vértebra. Estuvo varios días con corsé quietito, como 90 días sin caminar».
José Picapietra le había contagiado a su hijo aquellas ganas de ser bombero, de estar siempre dispuesto para el servicio. La pasión era compartida: pero Juan también decidió renunciar al cuartel después de que lo hiciera su padre. Fue una decisión cargada de sentimientos variados. Una encrucijada entre la pasión por bomberos y el amor de hijo.
«Yo estuve en el cuartel hasta agosto del ’72. Presenté la renuncia porque mi papá lo sentía muchísimo y cada vez que sonaba la sirena y yo tenía que salir, veía que él no estaba bien y tuve que optar por renunciar, con todo el dolor del alma. Porque es una cosa que la llevás adentro y pasan los días y la seguís llevando».
Y las anécdotas van y vienen…
«Otras de las anécdotas, fue en el incendio de los silos de Lastra y Marcantonio. Teníamos el Morris comercial con una llave de paso con 14 o 15 vueltas para abrirla, hasta que estuviera en su paso total de agua. Para no perder tiempo, entre Alímides Ojeda y José Orellanos me tenían de los pies y yo iba colgado abriendo las llave de paso. Cuando llegamos al incendio, la autobomba ya estaba lista como para entrar en trabajo. Son cosas que -las comentábamos con Rodríguez-que uno en ese momento no las pensaba, un salto en el auto bomba y yo me caía, nunca pensamos lo que me podía pasar».
Y las anécdotas van y vienen….
«Un 9 de Julio a la 1 de la mañana nos avisan de un incendio en Hughes. El 9 de Julio era día de desfile y los bomberos desfilaban y por lógica todo el mundo esperaba, porque eran los militares que tenía Colón, era tradicional. Cuando estábamos en el incendio nos cargábamos entre nosotros «mañana hay que desfilar» y cuando llegamos al cuartel era las 7.30 de la mañana, todos mojados, sin dormir, con frío, porque era pleno invierno. Secamos el autobomba, los cadetes que no habían ido al incendio se quedaron limpiándolo, lustrándolo. Después desfilamos. Éramos tres ternas con ropa de gala más el abanderado, los dos escoltas, Jefe y Segundo Jefe con ropa de gala, no había más. Esa era toda la ropa de gala que había en el cuartel y con los 14 hombres cubrimos el ancho de la calle por los 100 metros de largo. En total éramos 18 ó 20 bomberos, los otros chicos desfilaron con la ropa de fajina arriba del auto bomba».
Esa pasión compartida en familia y heredada por Juan tenía sacrificios que sólo los bomberos conocen.»Por desgracia los accidentes y los incendios son de noche, y quedarte sin dormir o estar toda una noche trabajando y después llegar al otro día y tener que trabajar en el trabajo habitual, había que estar, nos juntábamos todos y lo hacíamos juntos»,recuerda Juan.
Las palabras parecen esfumarse a la hora de definir a José Picapietra, aquel hombre que dio tanto. La mejor definición queda en los ojos de Juan.
«Es imposible definirlo», dice… Era todo una personalidad, no sé que decirte, eso es imposible.
Quizás ahora cuando las anécdotas siguen jugando a las escondidas con los recuerdos de Juan, cuando cuenta ésta, la última, nos termina de pintar a aquel gran hombre que fue su padre.
Cuando se inauguró en agosto de 1956 el Aero Club, había un espectáculo de acrobacias aéreas. Por un mal cálculo, los aviones chocaron en el aire, desparramando combustible por todo el campo. «La gente se acercaba para ver, hacia los aviones que habían caído. Muchos fumaban. Al ver esta situación mi padre, desesperado, ordenó que le tiraran agua a la gente para que se fuera. Algunos de los que resultaron mojados le hicieron una denuncia en la Policía. Por eso lo citaron a declarar. Él explicó que lo había hecho para evitar que la catástrofe fuera mayor. Días más tarde, unos de los peritos que vino a Colón para hacer un informe dijo que el Jefe del Cuartel había actuado correctamente. Lo más sorprendente es que un mes después de la catástrofe, tomaron un poco de tierra del campo del Aero, la calentaron sobre una chapa y ardió.»

 

 

 

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